Algunas curiosidades que deberías saber si piensas viajar a Florencia

MSN                                                                                                 21 de Noviembre 2017


Skyline de Florencia al atardecer
Por Florencia no cesan de pasar turistas durante todo el año. Y la inmensa mayoría de ellos ya saben muchas de las cosas que van a ver antes de llegar. Lugares como el Duomo, el Ponte Vecchio o la Signoria los han admirado mil y una veces en revistas, en internet o en la tele.
Y aun así no dejan de maravillar a todo el mundo al contemplarlos en primera persona. Y no solo sorprenden por su belleza y presencia, también son un gran descubrimiento por las mil y una anécdotas -el muchos casos desconocidas- que cada uno de esos sitios esconde.
Una de las cúpulas más hermosas del mundo se comenzó a fraguar hace 600 años. Fue precisamente en 1418 cuando se convocó un concurso público para dotar al Duomo florentino de cubierta en su espacio central. Hacía décadas que por esa parte del templo entraban las aguas de lluvia o el fuerte sol del verano, así que las autoridades se atrevieron a poner en marcha esa importante obra. Y entre todas las propuestas, resultó ganadora la más arriesgada y enigmática, la de Filippo Brunelleschi. Un relojero y orfebre de mal carácter que no dudó en enfrentarse a los mejores arquitectos de la época.
Su proyecto, no solo proponía levantar la cúpula más grande jamás vista, se comprometía a hacer dos. Una interna y otra externa. Y además lo conseguiría con ladrillos y sin andamiaje alguno. Eso suponía un importante ahorro, factor definitivo para que otorgarle el trabajo. Si bien, finalmente la construcción no resultó tan económica, al prolongarse hasta 1436. Propuestas a la baja, posteriores sobrecostes, rencillas entre arquitectos, megalomanía, ¿a alguien le suena? Pero en este caso, el resultado es apoteósico.
Brunelleschi no ha sido el único artista colérico que dio Florencia. Quizás la furia más famosa sea la de Miguel Ángel, tan legendaria como hermosas son sus obras maestras. Y entre todas ellas hay una convertida en símbolo de la ciudad: su David, cuyo rostro y silueta protagonizan casi todos los souvenirs.
Pues bien esta obra fue fruto de la cabezonería de un veinteañero que decidió labrarla en un colosal bloque de mármol abandonado en las inmediaciones de la catedral. Tras unos 30 años de abandono y daños, ese mármol incluso tenía un nombre entre los ciudadanos, “el gigante”. Solo un talento como el de Miguel Ángel podía transformar ese coloso en David, que nos mira orgulloso tras vencer una vez más a Goliat.
Aunque el original David se halla a cobijo en la Galería de la Academia, su emplazamiento inicial fue ante el Palacio de la Signoria. En idéntico lugar donde hoy se yergue su réplica exacta, ya que la figura se convirtió en un orgullo para su concejo de ciudadanos. Porque el Palacio de la Signoria siempre ha sido la sede del poder municipal. Aunque no solo ha sido eso.
Hubo un periodo de 1865 a 1871 en el que aquí se reunía el gobierno del territorio unificado como Reino de Italia. Sí, reino. De hecho, el Reino de Italia no se acabó oficialmente hasta 1946, cuando se constituyó la actual República Italiana, tras la derrota en la Segunda Guerra Mundial y el periodo fascista. En fin, cambios territoriales y en los regímenes políticos que han sucedido en toda Europa.
Hoy el Palacio de la Signoria sigue siendo la sede municipal, y es un atractivo turístico de primer orden en Florencia. Como también lo es el célebre Ponte Vecchio sobre el río Arno. Un puente peatonal y con las ostentosas joyerías que recuerdan la larguísima tradición de orfebres de la Toscana. Sin embargo, aquí no siempre hubo joyas.
En origen, esos mismos locales fueron talleres de curtidores y carnicerías donde la salubridad era inexistente. Hablamos de la Edad Media. Sin embargo, en 1593 esto cambió. ¿Por qué? Muy simple, la residencia de los Medici era el Palacio Pitti, y desde ahí debían cruzar el río para llegar tanto a la Signoria como a sus oficinas, los Uffizi.
O sea que al atravesar el Ponte Vecchio se mareaban del hedor o veían tirar los despojos de carne al río. Un trayecto excesivamente molesto para sus refinadas narices, por lo que ordenaron echar a esos negocios, y que se instalaran otros artesanos con productos mucho más atractivos a la vista.
Otros mareos bien diferentes son los que provoca el llamado síndrome de Stendhal. Unas sensaciones de vértigo, confusión, y hasta alucinaciones que experimentó este novelista francés en 1817 al visitar la basílica florentina de Santa Croce. Unos síntomas cuya causa no podía ser otra que la contemplación constante de tanto arte y tanta belleza.
No fue hasta bien entrado el siglo XX, cuando los psicólogos empezaron a darle veracidad al síndrome, dándole el nombre del literato galo, y también el de la ciudad de Florencia, en cuyos hospitales se registraban más casos que en ningún otro lugar del planeta. Lo cual siempre ha generado dudas sobre el tema. ¿Realmente es Florencia capaz de provocar esas sensaciones? ¿Se agudiza la sensibilidad hacia el arte en la capital toscana? ¿O es una larga y perfecta campaña publicitaria?
Estratagema comercial o hecho científico, es innegable que Florencia está absolutamente repleta de obras artísticas. Y no siempre se trata de obras del pasado. También hay manifestaciones propias de nuestro tiempo. Arte urbano con su punto transgresor, su nota de humor, de valentía y originalidad.
Un ejemplo, las señales de tráfico que modifica el artista Clet Abraham. Una propuesta ya aceptada por la ciudad y sus gobernantes, pero que al principio fue de lo más controvertida. Algo similar a lo que les pasa a los viajeros, porque ante la primera señal de dirección prohibida que ven transformada sonríen. Al ver la segunda, se preguntan: “¿qué cachondeo es este?”. A la tercera empiezan a reconocer su ingenio. Y a la cuarta ya saben que en Florencia hay arte se mire donde se mire.