El maestro y el submarinista

Telesur                                                                     29 de Noviembre 2017
Eran como 100 los familiares de los 44 submarinistas accidentados cuando llegó el jefe de la Base Naval Mar del Plata de la Argentina. Empezó a hablar y dos veces presentó a los tripulantes como idos. Aunque no pronunció la palabra “muerte” pareció darlos como muertos. Hasta que se infló de solemnidad y dijo: “Por fin ahora los medios de comunicación van a poder a hablar de héroes de verdad y no de tipos como Maldonado”.
Subidos a un buque inventado para el secreto y el silencio, embarcados en una máquina que no emite señales para evitar que la detecten, los submarinistas son herméticos como una escotilla.
El contralmirante Gabriel González se refería a Santiago Maldonado, el joven muerto en la Patagonia el 1° de agosto en el contexto de un operativo ilegal de la Gendarmería, la fuerza federal de fronteras.
Sin embargo el contralmirante no contó con la inteligencia de los familiares. 
--¿Y eso que tiene que ver?  --preguntó uno.
Otro se enojó mal:
--¿Usted quiere darnos a entender que los muchachos ya no están y no se anima a decirlo?
Después del encuentro con los familiares González pidió el retiro. 
Pero, como ocurre con los submarinistas, que son gente muy formada, entre sus familiares tampoco abundan los tontos.
Claudio Rodríguez, hermano de Hernán, jefe de máquinas del “San Juan”, posteó en Facebook una foto del contralmirante y escribió este texto sobre el retiro: “Primero encontralos, capo. Después que te juzguen tu ineptitud. Encima te borrás y te querés ir cobrando. ¿Y los 44? ¿Y sus familiares? ¡Sos un traidor a la Patria!”.
Los Rodríguez son de General Alvear, una ciudad de la provincia de Mendoza cercana a la Cordillera de los Andes. 
Claudio es maestro. Asegura que se enojó con el contralmirante por un criterio bien práctico: “Mirá si salís con unos chicos y se te pierde un alumno. ¿Qué hacés, lo buscás o renunciás? ¡Lo buscás, hermano!”.
Claudio está convencido de que sabe cuando a Hernán se le dio por su vocación. “Eligió la carrera cuando tenía tres años y se tiraba al canal en verano.” Tantas veces Hernán se tiró, narra Claudio, y tantas veces la familia tenía que sacarlo, que “con mi abuela le enseñamos a nadar”. También le gustaban los motores. “De grande se pasaba horas con cualquier motor que se le cruzaba en el camino”, dice Claudio.
Cuando tenía 17 años, en 1990, unos amigos lo vieron tan entusiasmado que le insistieron. Lo ayudaron y Hernán terminó estudiando en la Marina. 
“Somos de familia muy humilde”, cuenta Claudio. “Yo estudié Magisterio y no podía ni irme a Mendoza a seguir otra carrera porque trabajaba en una fábrica. Hernán hizo un carrerón. Tiene 20 años de submarinista. Antes estudió máquinas. En el 2012 fue uno de los que se tuvo que quedar varado en la Antártida 14 meses. Ahí estaba el Hernán y nosotros acá, en General Alvear, con el corazón en la boca. Medio flaco volvió. Pero volvió.”
Claudio cuenta que a Hernán le gustaban mucho los submarinos. “Siempre nos decía que un submarino es más seguro que cualquier cosa. Que cualquier avión. Nos explicaba que ellos tenían alternativas a mano. Pero algo le daba miedo: quedar abajo. El miedo era que el submarino se quedara pegado, en el fondo, sin propulsión y sin poder salir. No sé si miedo. Miedo te digo yo. Él no usaba esa palabra. Decía que le tenía respeto a quedarse en el fondo.”
El hermano lo vio preocupado en 2014, antes de que el submarino terminara la reparación de media vida. “Después de que lo armaron se tranquilizó. Me decía que le habían revisado tornillo por tornillo y que estaba nuevo.”
El sábado 4 de noviembre hablaron por teléfono. “Como soy maestro le pregunté de todo. Vos viste cómo somos los maestros: cuándo, dónde, para qué, qué, por qué. Puse en el Facebook unas fotos de él con el submarino a media altura en el Beagle. Me dijo que cuando llegara a Mar del Plata me llamaría. Sería el 27 o el 28. No nos preocupamos. Era la confianza plena de jamás haber sabido una noticia así. Ya estábamos duchos para la vida que hacía el Hernán.”
--¿Nunca le pasó nada?
--Sí, claro que le pasó. Pero te la contaba después. Y sin drama. Como un camionero diciéndote que pinchó una goma y la tuvo que cambiar. Según el Hernán el submarino era muy seguro. Por eso no entiendo algunas cosas. Si tuvieron problemas el martes, ¿por qué siguieron navegando por la orillita del talud continental? No, varón, correte más a lo pandito, como decimos los mendocinos. ¿Cómo vas a andar con un tanque de batería roto, navegando con tres tanques en vez de cuatro y con no sé qué profundidad? Alguien se equivocó. Alguien los dejó seguir con un abismo profundo abajo.
Claudio no sabe qué estaba haciendo Hernán. En realidad nunca supo exactamente qué hacían el hermano y el submarino en cada viaje. “El Hernán no nos contaba nada”, dice. ”Una sola vez, como al pasar, nos dijo que le habían pasado cerca a un barco inglés, pero ni siquiera nos dijo dónde.”
Subidos a un buque inventado para el secreto y el silencio, embarcados en una máquina que no emite señales para evitar que la detecten, los submarinistas son herméticos como una escotilla. Aunque no lo parezcan, como se ve en el Facebook, donde se ve a un tipo alegre y movedizo. Pero la vida de adentro queda ahí, adentro.
Docente, Claudio mezcla las vidas como cualquiera. Ahora da clases en una escuela para adultos. Tiene alumnos que van de 21 a 65 años. Montaron una radio, la FM Goico. El 16 los alumnos hicieron un programa dedicado a él, por su cumpleaños número 49. También lo llamó Marcela, la cuñada. Claudio pensó que para saludarlo. No: era para decirle que no podían encontrar el submarino.
Marcela y Pancho, el hijo, viven en Mar del Plata, sobre el Atlántico Sur, para estar cerca de la base. Ella se quedó a la espera de noticias. Claudio se llevó a Pancho a General Alvear. Para que estuviera con mucha gente al lado. Los amigos, la familia. 
Claudio tiene un vozarrón ideal para los chistes pero el tono se le cambia cuando dice algunas frases. Como ésta:
--Lo de mi hermano no va a quedar así.