Para ello viajamos hasta uno de los laboratorios más prolíficos de España: Laboratorios Forenqui, en Valencia, con casi 30 años de historia y experiencia a sus espaldas. Ellos se encargan, entre otros, de la producción de la gama capilar infantil de Cien (marca blanca de Lidl), de los productos dedicados al cuidado capilar y corporal de la firma Kyrey (marca blanca de Consum), así como de las líneas facial, corporal y capilar de su firma abanderada, Anian Cosmetics.
© Proporcionado por Grazia
¿Qué pasa con las cremas de marca blanca? © Romin Favre
Precisamente bajo esta enseña, Anian, de packaging digamos retro, el laboratorio ha conseguido los mejores resultados tanto en calidad como en ventas: tres de los productos de su gama capilar son líderes de mercado. Concretamente la keratina líquida (que quizá te suene porque es la que comercializa Mercadona), el acondicionador bifásico (que además de líder fue pionero) y la crema suavizante (cuyo bote probablemente esté almacenado entre tus recuerdos: fue el primer suavizante familiar del mercado y lleva siendo el más vendido más de 27 años).
© Proporcionado por Grazia
Los tres productos líderes de Anian. © D.R.
“Cuidar a la perfección el producto para que guste y no haga ningún daño al consumidor, sino al contrario”, es la clave del éxito del laboratorio, explica Juan F. Escribano, Director Técnico de Forenqui y responsable, entre otros, de las cremas antiarrugas con base de coencima Q10 de Anian.
© Proporcionado por Grazia
Toma nota, que por fin va a quedarte cla-ri-ne-te.
Pero, ¿qué hay detrás de estos productos? ¿Cómo se fabricanlas cremas low-cost que se venden en el supermercado y cuáles son las razones de un precio tan bajo? Lo cuenta el propio Escribano:
  1. Primero investigamos qué es lo que busca el consumidor. Cuál es su querencia bien por moda o bien por un problema y/o necesidad generalizada.
  2. Buscamos una formulación idónea cosmetológicamente. Por ejemplo una crema de día demasiado grasa no es idónea, tiene que tener unas características organolépticas óptimas. Los activos deben estar bien formulados.
  3. Seguimos un proceso de validación. Para ello se hacen todo tipo de tests, como conservación, uso y seguridad en la piel. Se someten los productos a condiciones extremas para comprobar su validez.
  4. Revisamos el cumplir todos los procesos legislativos y trabajamos con empresas de garantía que nos proporcionan las materias y los activos de máxima calidad.
  5. Es entonces cuando se comienza a elaborar el producto en grandes cantidades. Tardamos entre dos o tres meses para las fórmulas sencillas, hasta que se pone a la venta. Más aún en productos solares, en los que el proceso completo puede llevar hasta dos años.
  6. Se fabrica el packaging. No buscamos el exceso, solo líneas simples. Tampoco invertimos en publicidad, lo que ayuda a vender el producto a un precio asequible.
© Proporcionado por Grazia
Proceso de creación de una fórmula en Laboratorios Forenqui. © Cuco Cuervo
Es bastante difícil sentenciar que una crema o un producto de belleza sea mejor que otro, porque para empezar depende de cada persona: lo que a una piel le va bien, a otra no. Pero sí conviene destacar, como puntualizaba Escribano, que cualquier cosmético comercializado en la Unión Europea debe cumplir unos requisitos y haber superado unos estrictos controles de calidad (los más estrictos del mundo, más incluso que en Estados Unidos). También la crema del supermercado.
“El precio final de un producto depende siempre de la cantidad de unidades que se vendan y de las compras que hagamos para su elaboración. Pero el secreto para crear un producto low-cost es, primero, buscar la fórmula adecuada y no malgastar activos y, segundo, no invertir en publicidad. Así mantenemos la calidad a un precio asequible”, reconoce el técnico de Forenqui.
Aunque no todo es publicidad. Si bien es cierto que en las marcas etiquetadas como ‘de lujo’, pagamos packaging, comunicación y punto de venta, las partidas más altas de estas firmas se dedican a investigación e innovación, un coste que (evidentemente) se ve reflejado en el precio final de un producto que, frente al que se expone en las estanterías del supermercado, asegura los últimos avances y tecnologías.