Vecindarios y barrios

Listin Diario                                                                       12 de Enero 2018
                                                                               
Marcio Veloz Maggiolo

Mi estimado Manolo, ya ves, escritos al desgaire, sin citas precisas, porque ellas son letales para la memoria cuando se destapa, cumpliendo lo prometido en nuestras pláticas esotéricas, voy a hablarte un poco de los primeros recuerdos de mi barrio, Villa Francisca, y a comenzar, sin que este sea sino una especie de proemio en el cual te diré algunas cosas personales que no conocías.
Ya sabes algo sobre mayúscula sorpresa, ser hijo único de un matrimonio de seres ya muy adultos, ella, Mercedes Rosa Digna de 29 y el, Francisco Xavier Veloz Molina, de 49 Hijo de viejos caza…. Otra de mis sorpresas ya adulto cuando fui a Pimental, tu terruño, fue conocer a Nolasco Cordero, todavía y aún desconocido acertó a escribir una novela sin precedente entre los dominicanos que todavía no pueden entenderla. la que, habiendo ganado el Premio Siboney, debió marcar el cambio de una nueva narrativa. Ya que su ruralidad es una fuente de vida que no agradece las imitaciones.
Yo creo que la cotidianidad hay temas para tratar. Muchos de ellos novelables, pero no todos se transformarían en algo de calidad. Te diré que el más rural de los novelistas es Juan Rulfo, escritor que, penetrando la ruralidad mejicana, hace del esoterismo una especie de mandarria con la cual pone punto fi nal al rural-agrarismo de la narrativa de su país.(Ahora de tiré como conocimos al destacado autor de El Llano en Llamas y Pedro Paramo. A Rulfo lo conocí en un congreso de escritores, junto a mi compadre Fredy, creo que también tuyo. Tratamos de hablar con él en Guanajuato, el de las tantas torres, y eso sí, le brindamos de nuestro tequila Cuervo, y en el glugluteo terminó la conversación; no quería entrevistas, siempre creímos que volveríamos a verlo, pero Rulfo, rubio de blancura cerúlea y algo enjuto, ni siquiera se enteró o se dio cuenta de que también escribíamos. Te podría hablar de otros, pero no sé porque la novela de Nolasco, tiempo después, me sabia a Rulfo. Nada de comparaciones, pero sí de apreciar que era una pieza diferente, como me supo a Beckett o a Brecht La Fábula de los Cinco Caminantes del más moderno de creador de teatro, como lo sigue siendo Iván García.
Algún día te daré noticias de mi historia y la de mi familia.
Pero te adelanto que yo nací mientras mis padres vivían en la calle Altagracia, sector alto de Villa Francisca. Y posiblemente nací gracias a la poesía de Vallejo, “un día en que Dios estuvo, enfermo, grave”. De ahí mi afi - ción por la melancolía y todo lo romántico desde Homero hasta acá. Claro, esto me lo contó una tardía declaración sobre la que no tuve respuesta. Pero yo vine al mundo en el Hospital Padre Billini y me llamaron Francisco Alberto en honora a mi padre.
Pasamos luego a Vivir en la calle Ercinà Chevalier, al comienzo, casi al lado de la esquina donde estuvo la Casa Zaglul. Luego a la Félix María Ruiz, más tarde a la Jacinto de Concha, antes a la Ravelo, donde viví buena parte de mi infancia. Mi primer recuerdo fue, pienso que hacia los tres años, el de las tórtolas que mi tío Herófi lo Maggiolo me llevó a la casa de madera y las que marcaron mi amor por los animales.
Desde ahí comienzo tener memoria continuada y con ella misterios del pensamiento, a percibir lo que imaginaba y pensaba, lo que al fi n, confundiendo con la realidad se transformaría en literatura: primero en poesía y luego en prosa periodística y en narrativa que buscaba caminos diferentes a la del país.
Termino estos artículos o este ensayo de varias partes, y te prometo un día, tal y como lo hemos conversado, volver al recuerdo, pero ya sabes que homenajear el recuerdo y tal que como tú lo usas, resucitándolo, tomándolo como punto de vista la vida cotidiana, es una fracción vital de los que tenemos fe en que el pensamiento, sustancia divina, que no desaparece con la muerte.
Somos copistas del sentimiento que nos viene de lejos y el que descubrí en 1962 en Paris de manos del Padre Robles Toledano.
Por eso la divinidad nos justifi ca que seamos escribas.
En cuanto a la memoria que copiamos, Villa Francisca ya no son sus habitantes. Las tiendas y los aparcamientos para autobuses que van al interior del país consiguieron sus espacios destrozando las antiguas casas señoriales, o bien plenas de humildad, hoy desaparecidas; las familias de orden laboral en las cuales los ofi cios eran parte de la identidad y del orgullo artesanal escondido los patios y detrás de las planchas de zinc, ya no están. Las citas de amor desaparecieron del Parque Enriquillo y los versos de las canciones de época se quedaron enredados, paralizados en un tiempo fósil, donde el ojo humano los ve sólo cuando rememora la música de entonces, el canto oscuro y pardo de la cigua mamonera, la guagua musical y cinematográfi ca de la Bayer, y las funciones de los cines Travieso , Mincine, Max, Julia y el fronterizo Apolo, o de la atractiva Pantalla Lumínica encaramada en el techo de la casa de la avenida José Trujillo Valdez ( hoy Darte de nuevo) con Ravelo, donde tuvo sus inicios la Agencia Bella.
A veces de los barrios que mueren quedan sólo cascarones que guardan su nombre, quedan en las cruces y nichos, los pasados e incomprendidos alias y seudónimos de sus olvidados propietarios.
Queda San Carlos con sus pocas casas originales, con algunos de los apellidos de los fundadores. ..
Con un trozo de calle se quedó el espacio de la que fuera llamada “Los Isleños”, pequeño recinto de pobladores de origen canario, donde tiemblan pisadas, huellas y emociones enterradas por los cambios impetuosos de los gobiernos. De San Carlos nos queda un poco de gofi o hecho de maíz tostado y molido con azúcar en vez de trigo; nos quedan, eso sí, las memorias de José del Castillo, el chuin, las muchachas de ventana y en algunos lugares lo mismo que la Sarandunga, la piel negra de la Virgen de Regla o las festividades de La Candelaria.
Nos queda el recuerdo de Juan Pablo Duarte oyendo las palabras animosas del cura peruano, e hispanófi lo, Gaspar Hernández. Los varios rincones de San Carlos han prácticamente desaparecido y su barrialidad pervive en la agonía del recuerdo de apellidos que los descendientes de canarios salvan con sangre del corazón dando paso a un sentimiento que palpita y reconstruye lo pasado.
En fi n, cuando los barrios van convirtiéndose en memoria, la única forma de salvarlos, si se intenta ignorar los residuos que dejaron debajo de calles y patios, es tomar de la memoria de los demás, (y de las ruinas también “venerandas” que son aquellas), los ecos que se repiten, y siguen siendo “de gloria” si es que ponemos los oídos sobre un tiempo que, como sabemos, es circular y que en cada nueva vuelta nos trae hojas de otoños, que parecen, ciertas; ruidos de algún universo resquebrajado y ya conocido.
Es el de la historia triste del historiador y el poeta contra la piqueta.
Lo mismo que el llanto silencioso de las calles, las casas destinadas a morir han tenido sus cantores. Recuerdo aquel rancio tango titulado “Casas viejas”, con la hermosa letra de Ivo Pelay y la música de Francisco Canaro, donde se hace honor a esa memoria, a ese mundo que se pierde cuando la piqueta rápida y pertinaz atenta contra el alfabeto de la historia.
De todo esto será siempre necesario un “escriba que sentado” que espere, que como el poeta del Tabaré, Zorrilla de San Martín lo hiciera, pidiendo a los dioses la lira la que “lanzada al fondo del abismo, del fondo del abismo nos contesta”, para que sea la voz del tiempo, la que dicte, al escritor, al copista, al escriba, la palabra que los dioses pronuncian y que no será la última mientras existan los cálamos chinos, el barro y la escritura sobre el mismo, las pieles, el papiro, y para el tecnócrata de siglos nuevos, el azul efi caz de las computadoras.