Viaje a Uzbekistán: un recorrido por la Ruta de la Seda

MSN                                                                                                 08 de Enero 2018

La Ruta de la Seda, el mayor itinerario comercial de todos los tiempos, tiene en Uzbekistán su tríada particular: Jiva, Bujara y Samarcanda. Tres ciudades-oasis que recrean leyendas de guerreros sangrientos que amaban el arte, cobijan mujeres que tejen alfombras con hilos teñidos a base de nueces y granadas, y plazas donde los hombres juegan al dominó con medallas soviéticas en la solapa. Además, construcciones de un azul vibrante que te transportan a otro planeta.
Recorro la llanura uzbeka con la cabeza puesta en el pasado, en esas ciudades imponentes que salpicaban el itinerario de la Ruta de la Seda, donde te envuelven aromas a especias y huertos frutales, zocos con sonidos y colores insólitos y bazares donde el shopping se convierte en una aventura de caftanes, alfombras y tapices. Aquí no hay tiempo perdido, porque tu mirada se llena de azulejos asombrosos, charlas amables con guías reposados y lugareños que te invitarán a un té sólo a cambio de un rato de conversación. Los uzbekos son curiosos y hospitalarios, quieren saber de dónde vienes, qué te ha conducido a su tierra, y sobre todo, hacerte sentir como en casa.
En nuestro recorrido vemos Jiva, una ciudad-museo, rehabilitada en exceso por los soviéticos, que fue un oasis al norte del desierto de Kyzyl Kum. También Bujara, conocida con el nombre de la Perla del Islam y capital de un reino samánida entre los siglos IX y X. Su alminar (la torre desde donde el muecín llama a la oración) el Kalon, es tan impresionante que, en su día Gengis Kan prohibió que lo destruyeran.
La tercera joya es la antigua Afrosiab, más conocida como Samarcanda. La ciudad azul del desierto y cénit de la Ruta de la Seda, fue la niña mimada del mandatario Tamerlán, que amaba tanto el arte como la guerra y conjugó en ella un melting-pot de culturas, lenguas y religiones.

LA LEJANA JIVA

Empezamos por esta ciudad instalada en el extremo suroeste de Uzbekistán, en un ramal secundario de la Ruta de la Seda. Para llegar hay que desviarse del itinerario que recorre Bujara Samarcanda, pero merece la pena verla, despampanante, entre los duros desiertos de Kara-Kum y Kizil-Kum y cerca del cauce del fértil río Amu Daria.
Vertebrada alrededor de Ichan-Qala, la ciudad antigua restaurada durante la dominación soviética, quizás resulte un poco jivalandia (excesivamente turística), aunque forma parte de la lista del Patrimonio de la Humanidad. Debe ser, entre otras cosas, por disponer de uno de los mejores ejemplos de arquitectura árabe de Asia Central. Sus dos kilómetros de gruesas murallas envuelven un escenario de leyenda donde no faltan bazares, madrazas alicatadas con azulejos, alminares o caravasares (hospedajes que cobijaban a los mercaderes con sus animales y sus mercancías). El inacabado alminar de Kalta, que ordenó construir a mediados del siglo XIX el kan (mandatario) Mohamed Ami, con la intención de que fuera el más alto del mundo musulmán, es lo que más llama la atención de la ciudad vieja. Este cilindro cubierto de azulejos, situado entre dos madrazas, se proyectó para que se viera a cientos de kilómetros.
En la ciudad vieja hay más de 200 monumentos que conocieron épocas de gloria, sin embargo Jiva es famosa porque durante cuatro siglos fue un centro comercial dedicado, sobre todo, a la trata de esclavos.
No debes perderte la mezquita Juma, con más de 200 columnas; ni el minarete de Islam Khodja, con vistas increíbles, o el caravasar de Allah-Kuli-Khan, con más de 105 habitaciones para comerciantes en el primer piso y estancias para mercancías y animales. Tampoco el Khuna Ark, la fortaleza donde vivía el kan, una muestra perfecta del suntuoso arte islámico.
Mención aparte merecen el Mausoleo de Pahlavan Mahmud, con su cúpula color turquesa, o el Palacio Tash Hovli, una edificación del siglo XIX levantada por esclavos y que pretendía (y consiguió) ser una alternativa lujosa del Khuna Ark. Sus columnas labradas sobre pedestales de mármol y paredes decoradas con azulejos chinos son una auténtica maravilla.

BUJARA, GUARDIANA SAMÁNIDA

A 500 kilómetros de Jiva está Bujara, la antigua capital de la dinastía persa de los samánidas durante los siglos IX y X. La vida de la ciudad tiene un nombre: plaza Lyabi Hauz, donde todo y nada pasa por aquí, el sitio perfecto para tomarse un té en una chaijana cuando cae la noche y el calor del desierto amaina. Es el sitio donde probar la gastronomía uzbeka con el plov, a base de cordero, arroz y verduras, como uno de los abanderados. A su lado el patyr, un pan espectacular y... un vaso de vodka, la bebida que ha sobrevivido al periodo soviético.
El siglo XIII marca un antes y después en su historia, cuando cayó destruida por las hordas de Gengis Kan. Sólo se salvó el alminar Kalon. Dicen que el guerrero mongol se enamoró de esta torre de mampostería y la indultó del desastre. Ella fue quién guió como faro a caravanas que quedaban varadas en el desierto. También el peculiar cadalso de muchos ajusticiados a los que lanzaban al vacío desde la cima del minarete.
Aquí corres peligro de perderte entre mezquitas, madrazas, mercados y minaretes. De hecho todo el shahristan o núcleo antiguo, fue declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1993. Una visita que no puedes perderte es la del complejo Poi Kalon que, aparte del alminar, cuenta con la madraza de Mir-i-Arab y la mezquita de Kalon.
¿Qué más ver? La madraza de Nadir Divan Begi, con dos pavos reales en la fachada, la de Chor Minor, con sus cuatro alminares, las bellas mezquitas de Bolo-Hauz, con sus techos tallados en madera y finas columnas, y la de Magoki Attari, del siglo XII. También el mausoleo de Ismail Samani, del siglo X, y la ciudadela de Bujara (o Ark).
Pero, sobre todo, recorre sus calles, charla con los vecinos y mira cómo muchos de ellos todavía lucen en sus solapas medallas de la época soviética. No se las quitan ni para jugar al dominó o el ajedrez, algunas de sus aficiones favoritas.

Y, POR FIN, SAMARCANDA

"Cuanto he oído sobre la belleza de Samarcanda es cierto, salvo que es todavía más hermosa de lo que podía imaginar". Alejandro Magno resumió así una de las ciudades habitadas más antiguas del mundo. Fue la que más brilló en la Ruta de la Seda y un foco comercial de primera división donde hacían parada y fonda los comerciantes que traían a Occidente las sedas, porcelanas, perfumes y especias de Oriente. En el siglo XIII Gengis Kan y los suyos la redujeron a escombros pero resurgió un siglo después gracias al turco-mongol Tamerlán. Él y sus sucesores la convirtieron en mítica.
Aquí, se detecta la tolerancia entre religiones y es muy significativo el ver a muchas mujeres sin hijab o vestidas al estilo occidental.
A pesar de la huella de siete décadas de comunismo, su corazón vibra en la plaza del Registán, donde se alzan tres madrazas adornadas con mosaicos turquesa, portadas (pishtaks) de lapislázuli y cúpulas azul cerúleo. Un modelo de arquitectura islámica que se impondría del Mediterráneo a la India. La madraza de Ulughbek, nieto de Tamerlán, albergó en el siglo XV la mayor universidad de su época. A su lado, dos siglos después, emergerían las de Sher Dor y Tilla-Kari. Pasear por sus patios es una delicia. También conviene acercarse a la mezquita de Bibi Khanun, y al Mausoleo de Gur Emir, donde el llamado Conquistador del Mundo mandó escribir:"Si me levantase de mi tumba, el mundo temblaría". ¡Qué casualidad! El día en que un arqueólogo soviético desenterraba su cadáver, Hitler invadía la URSS.
A las afueras, no te pierdas Shakhrisabz, cuna del imperio de Timur.

NOCHE EN EL DESIERTO

No abandones el país sin hacer la ruta de las cincuenta fortalezas en el desierto de Kyzyl Kum. No te llevará más de un día. Estas construcciones de arcilla, del siglo I a.C. se descubrieron hace apenas ochenta años bajo la arena. En Toprak Qala podrás ver patios, nichos decorativos, estancias de la familia Real...
¿El mejor final? Dormir en las tiendas típicas de los nómadas, las yurtas, preparadas para soportar las condiciones meteorológicas más extremas. Sus propietarios organizan rutas a caballo y camello (dependiendo de la temporada) al lago Ayaz Koul, muy cerca de la fortaleza de Ayaz Qala. Éste será uno de los mejores souvenirs de este apasionante tramo de la Ruta de la Seda.