El Caribe y la escena teatral contemporánea: haciendo un alto en República Dominicana


Listin Diario                                                                                     22 de Agosto 2018


  • El Caribe y la escena teatral contemporánea: haciendo un alto en República Dominicana
    Obra "Vecinas", de El Salvador.

Carlos Rojas
Santo Domingo
I
Antes de comenzar la bitácora ... En estos últimos años he tenido la oportunidad de vivir en Santo Domingo en medio de varios festivales y eventos teatrales, caribeños y latinoamericanos, son muchos los espectáculos que se han presentado desde la danza que ha venido de Taiwán hasta los títeres de la Patagonia, pasando por diversos encuentros nacionales e internacionales como el FITESD, FITIJ, Festival Internacional de Teatro de Mujeres, FITO, FENATE y EDANCO, entre otros tantos. 
 
De cada uno de ellos obtuvimos referencia o pudimos visualizar la escena teatral contemporánea del Caribe para construir esta cartografía, que fue bifurcando sus propias fronteras escénicas y culturales. 
 
Este año, sí se realizará el X Festival Internacional de Teatro de Santo Domingo (FITE) 2018, vitrina internacional que nos permite mirar, visualizar o echar un vistazo de cómo va el panorama teatral tanto nacional como internacional. 
 
De esta manera la escena iberoamericana contemporánea y latinoamericana ha estado presente en los escenarios dominicanos. Nuestra travesía teatral comenzó hace un poco más de dos años, y este servidor, es quien celebra estas líneas donde visualicé las obras que aquí suscribo. 
 
Así, voy cartografiando el Caribe y sus alrededores, pero en especial como va creciendo el quehacer teatral dominicano y del mundo, también voy reseñando con mis puntos de vistas, este mapa teatral que contiene diferentes miradas acerca de festivales, agrupaciones, escenarios y creadores de casi una veintena de países de nuestro continente y de la escena teatral contemporánea del mundo, con una mirada muy concreta en Dominicana como ya lo hemos dicho. 
 
Comienza el viaje…
II 
Primer Acto
Hacia dentro y hacia afuera 
Surgen las propuestas Made in RD
 
< Esperando a Godot 
Patricio León Producciones
 
La historia comienza con Samuel Beckett [1906-1989], el escritor más influyente del absurdo del siglo 20. Un adelantado a la época. Tal vez la propia historia de Beckett fuera la mejor de sus dramaturgias. 
 
Novelista y dramaturgo irlandés. Estudió en la Portora Royal School, una escuela protestante de clase media en el norte de Irlanda, y luego ingresó en el Trinity College de Dublín, donde obtuvo la licenciatura en lenguas románicas y posteriormente el doctorado. Trabajó también como profesor en París, donde escribió un ensayo crítico sobre Marcel Proust y conoció a su compatriota James Joyce, del cual fue traductor y, a quien pronto le unió una fuerte amistad.
 
Beckett murió a los 83 años. Su ruptura con las técnicas tradicionales dramáticas y la nueva estética que proponía le acercaban al rumano Eugène Ionesco [1909-1994] y también con el cubano Virgilio Piñera [1912-1979], y fue quien suscitó la etiqueta de «anti-teatro» o «teatro del absurdo». En el año 1969, Beckett fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura.
 
Un ingrediente adicional sobre Beckett. Se considera en general que su obra maestra es Esperando a Godot (1953). La pieza se desarrolla en una carretera rural, sin más presencia que la de un árbol y dos vagabundos, Vladimir y Estragón, que esperan, un día tras otro, a un tal Godot, con quien al parecer han concertado una cita, sin que se sepa el motivo. Durante la espera dialogan interminablemente acerca de múltiples cuestiones, y divagan de una a otra, con deficientes niveles de comunicación.
 
Así que finalmente tenemos entre nosotros una de las obras más importantes del absurdo. Esperando a Godot dirigida por Manuel Chapuseaux y producida por Patricio León, fue una experiencia dialéctica reformulada para el espectador actual. Hubo con este montaje, esa viva correlación con un público y dentro de él, con cada presente. La puesta, pues, llena del planteamiento paradójico que obliga al asistente a cerrar, con su juicio, el final de esta pieza. 
 
Desde la composición espacial pasando por la ubicación de los pocos elementos escénicos que la conformaron, al técnico desempeño actoral Pepe Sierra y Patricio León, quienes lucieron excepcionales por saber apelar y emplear cabalmente su dilatada sabiduría histriónica en función del desafío compositivo para este reto; acompañados por la eficacia del manejo en sus respectivos papeles asumidos con entrega y fuerza por parte de Omar Ramírez, Noel Ventura y Josué Hirujo.
 
El asunto de la relación interhumana con la esperanza, la conjunción de solidaridad ante lo ominoso existencial se tradujo en un mensaje lleno de optimismo. La traducción de ello fue ver como se abre una distinta puerta para enfocar otro entender sobre lo que debe ser o no, el placer evasivo que, por lo general signa a esta clase de montajes. 
 
Vestuario, iluminación y pocos elementos escenográficos, imagen, producción general todo hilado a fin de que, Esperando a Godot, sea lo que un espectador exigente debe ver y disfrutar en el teatro dominicano contemporáneo actual. Lo dramatúrgico como la concreción de todos los elementos formales de la puesta en escena se hilaron abiertamente sin signos superfluos o maniqueos y menos aún, de atizonarlo de un melodramatismo funcional como muchos lo creen. 
 
En conclusión: hubo sobriedad en todos los elementos que conformaron este trabajo, apego artístico para decir lo que debía expresar y una concreta estética y muy bien definida en cada una de las partes dieron ese sí que uno aspira hallar en montajes de esta clase.
 
< Terapia 
Noventu Producciones
 
La pieza, es del dramaturgo argentino Martín Giner, y narra la siguiente historia, un extraño hombre llega repentinamente al consultorio de un psicoanalista para concretar una cita para su invisible madre. La trama conecta varias historias: la del paciente y la del psiquiatra, la de la madre invisible y la de la esposa muerta.
La acción dramática es impulsada por el constante movimiento hiperkinético del paciente interpretado por Noel Ventura; y tiene como telón de fondo el culto a los psicoanálisis y las terapias. Esto nunca desaparecen del todo (de ahí el título de la obra. La dirección del mismo Ventura profundiza en la relación de los actores a nivel corporal. Los cuerpos se van fundiendo al compás de la música, los diálogos y las historias). 
 
Eso, con el afín sufrimiento del antagonista que verá el proceso evolutivo/involutivo del paciente. El espectáculo logra su cometido por medio de dos elementos claves: la palabra y la gesticulación de ambos actores. Su discurso nos lleva a situaciones de abuso que debe atravesar por su condición de desquiciado, con una fuerte crítica social al psicoanálisis. 
 
Por medio de repeticiones y un ritmo acelerado que llegan a ser exasperantes, el preciso espectáculo intenta producir la reflexión sobre la víctima (paciente) y el victimario (psicoanalista). Al mismo tiempo, la agudeza con la que el protagonista observa, describe y analiza su condición, nos lleva a pensar en la teoría de las inteligencias múltiples, de Howard Gardner. 
 
En el escenario, Ventura logra transmitir la locura de un ser que deberá pasar por la negación de asumir que necesita ayuda del psicoanalista interpretado adecuadamente por el joven actor Isaac Núñez -desde un bajo nivel- hasta la máxima inteligencia, para volver al juego escénico. 
 
Este espectáculo ahonda en lo verdaderamente litúrgico del psicoanálisis, pues el público participa de manera integral, a través de las historias y de la honestidad de dos jóvenes actores que defiende muy bien la escena y que estoy seguro, desde mi punto de vista, que ambos tienen un futuro prometedor en los escenarios dominicanos. 
 
< Run Rún 
Utopía Teatro 
 
Esta propuesta se traduce en una experiencia innovadora y siempre actual para el público. Los temas sociales son asuntos para tratarlos desde esa necesidad de cuestionarlos, ya que es factor combativo que destroza y desvía a pueblos, naciones, países y sociedades. Me refiero al meritorio espectáculo, Run Rún, sino mucho más allá que ha contado con la creación colectiva del grupo teatral Utopía y ha sumado la dirección del propio Miguel Espinoza. 
En su fondo temático, se abordan varias historias con referencias urbanas al día a día, llevadas al escenario con un punto de vista crítico social, seductor y con un alto contenido de humor mordaz y concluyente. Su trama aparentemente sencilla, expone varias micro historias que se van hilando entre sí, cuyas fronteras quedan separadas más por la intolerancia de sus hombres y mujeres de lo cual causa la ruptura de sueños y esperanzas. Solo el cariño y la tolerancia del otro harán que la reconciliación sea ese vínculo transcendental para vivir en una sociedad mejor y más armónica. 
 
En tal sentido, un diestro realizador teatral como lo es, el chileno Miguel Espinoza, así como un novel grupo de teatro (Utopía Laboratorio Teatral del Gesto y Movimiento, de Santiago de los Caballeros), han logrado exponer con acierto y reflexión que, el hecho de recrear/entretener tanto a la infancia y la juventud como a todos los miembros de la unidad familiar que se acercan al teatro como válvula de distracción de fin de semana, alcanzaron conjugar la concreción de una propuesta poseedora no solo de ese guiño para el público sino de un mensaje que cala en la recepción de todos. 
 
Trabajo de puesta en escena llena de sinceridad tanto para los aspectos formales de los elementos que integran lo visual como la creación y realización de las máscaras expresivas fueron creadas por el colectivo, bajo la coordinación de Raquel Rodríguez. Detalle curioso la máscara expresiva fue descubierta por Jacques Lecoq [París; 1921–Ib.,1999] como parte importante de su trabajo de investigación actoral, la cual se la ha dedicado al estudio de la máscara.
 
En especial a la máscara neutra; dando así primacía a la gestualidad corporal sobre la expresión verbal, pasando por el diseño de vestuario a cargo de la agrupación Utopía Teatro y, así como los aportes en materia de diseño sonoro seleccionado por propio director. Y eso lo pudimos comprobar en la escena teatral, logrando ver una farsa grotesca escénica con máscaras expresivas, que consiguió inquietar al público de esa pujante provincia, como lo es Santiago de los Caballeros. 
 
Todos complementarios en un acto de acoplada responsabilidad de sus papeles con esa soltura que dio a cada escena y cada momento de la representación ese toque de frescura que el espectador ávido sabe agradecer.
 
Pero sobre todo, la entrega histriónica del conjunto actoral conformado por  Astrid Gómez, Raquel Rodríguez, Nairelis Ureña, Cristina Rodríguez, Oscar Cruz, Erickson Pacheco, Giovani Guareño, Víctor Estrella, Mily Lizardo y Renso Mora, quienes supieron articular con eficacia, las orientaciones de la dirección que, con poco, logran mucho, es decir, hay ritmo en las escenas, equilibrio escénico a lo que debían dar o pronunciar en lo coreográfico y una marcada intención dramática que sumo quilates hacia lo que el espectador esperaba recibir en la platea. 
 
Run Rún, mucho más allá fue una propuesta que reconozco como cierta, seria y necesaria para un tiempo en que nuestro público (no capitalino), necesita de un buen teatro que le otorgue verdaderos mensajes y pueda deconstruir esos falsos runrunes que destruyen nuestras propias utopías. 
 
< Cyrano de Bergerac, petit format 
Teatro Alternativo de Lorena Oliva 
 
Pudimos comprobar una apuesta escénica que logró recrear al espectador de Santo Domingo. La atrevida, independiente y sensible producción, adaptada a un pequeño formato, en clave de clown y con guiños a la jerga lunfarda argentina de la adaptación del drama heroico en verso del dramaturgo francés Edmond Rostand [Marsella; 1868 – París; 1918], expuesta por el Teatro Alternativo y con aplomada sutileza de lo poético dado por el director Manuel Chapuseaux, conmovió a quienes lograron verla. 
 
Me refiero al digno unipersonal Cyrano de Bergerac, petit format que ha contado con la actuación y la adaptación dramatúrgica de la actriz argentina Lorena Oliva. Nos cuenta la vida de Cyrano de Bergerac. 
 
Su trama es sencilla, Cyrano es un soldado poeta, orgulloso y sentimental, pero su mayor defecto es poseer una enorme nariz. Está enamorado de una mujer hermosa, su prima Rosana, pero dada su propia fealdad, no espera nada de ese amor. 
 
Cyrano escribe la última carta y lee mientras la noche va cayendo, y de golpe se da cuenta de la verdad, aunque nuestro antihéroe lo niega una y otra vez, que es el autor de la carta. Cyrano comienza a recitar versos mientras se despide de su amor y bajo la luz de la luna muere.
 
Del tratamiento del tema, la formulación del argumento, el perfilamiento de los personajes, el trabajo artístico de diseño y realización de las máscaras, la idea del clown, el trabajo histriónico de la actriz, la visual de resolución espacial, la búsqueda de una conexión con el espectador y la articulación de un todo significante, hicieron que esta propuesta estuviese orientada en romper con las convenciones y estereotipos que, por lo general disminuyen en buena parte de lo que se muestra como trabajos aptos para todo público.  
 
Trabajo de puesta en escena llena de sinceridad tanto para los aspectos formales de los elementos que integran lo visual como lo mimalista del espacio y el uso de máscaras para recrear los otros personajes. Por mimalista podemos entender una obra artística que se reduce a lo esencial, destacando el significado de manera directa y sin ambages formales (aunque a veces el significado se expresa de un modo concreto en la forma). El minimalismo evita las sobras que adornan, centrándose en el concepto. 
 
Pero sobre todo, se agradece la entrega histriónica de la actriz argentina Lorena Oliva que supo articular con eficacia, las orientaciones de la dirección que, con poco, logra mucho, es decir, hay ritmo en las escenas, equilibrio escénico a lo que debían dar o enunciar en la partitura de movimientos y una marcada intención dramática que sumo honestidades hacia lo que el espectador esperaba recibir en la platea. 
 
Cyrano de Bergerac, petit format fue una propuesta que reconozco como efectiva, real y necesaria para un tiempo en que nuestra fracturada sociedad necesita de un buen teatro que le otorgue verdaderos mensajes que nos estimule volver a la lectura y, a sus clásicos. 
 
Como cierre a esta reflexión, daré un efectivo aplauso a las caracterizaciones ofrecidas por Lorena Oliva en sus diferentes trabajos histriónicos. Sumada en un acto de compenetrada responsabilidad con sus papeles y con esa destreza que dio a cada escena y cada momento de la representación ese toque de atrevimiento que el presente sabe agradecer.  
 
< Bonny & Kin
Benny Ferreiras Producciones
 
La idea de la nueva pareja de ladrones, ya lo habíamos visto claramente expuesta en el film Bonnie & Clyde (1967), de Arthur Penn. Pero hay otras películas que anticiparon la misma fórmula de lovers on the run, en el cine por Sam Peckinpah en La huida (1972), y por Nicholas Ray en Los amantes de la noche (1949). 
 
Pero, fue en el año 1997 que el dramaturgo Carlos Canales [Puerto Rico, 1955] decidió recrear la vida de manera divertida, ficticia e irónica la vida de Bony & Kin, dos jóvenes ladrones que roban para ayudar a otros, inspirados en un Robin Hood tropical, pieza teatral dirigida sagazmente por Ramón Santana. 
 
Si bien su argumento no es el más original, Bony & Kin es capaz de desmarcarse del género al que se le intenta encasillar, deteniéndose en el drama que recorre a cada uno de sus personajes, en una historia que habla de amor, de la inmadurez y de segundas oportunidades. Ellos anhelan robar una franquicia de hamburguesas llamada Queen Burger’s, y convirtiéndose en enemigos de la ley si es necesario.
 
Toda la vida de las sociedades en que reinan las condiciones modernas de producción se anuncia como una inmensa acumulación de espectáculos, y según Chomsky dice que “la manipulación mediática hace más daño que la bomba atómica, porque destruye los cerebros”. 
 
Para Bony & Kin los medios de comunicación y el show sensacionalista magnifican y ensalzan los actos delictivos, convirtiendo a la pareja de ladrones en estrellas mediáticas, creando grupos de fanáticos y de detractores. Los medios son los verdaderos villanos en la dramaturgia de Canales, no la pareja protagonista ni los otros personajes, estos crean un monstruo imposible de controlar sin importarle las consecuencias. Todo por la audiencia. 
 
La destreza de Canales hace que sus personajes roben a aquellos que poseen mucho para darle a los que no ostentan nada. Para el autor, es mucho más nocivo para la sociedad una cadena de televisión que hacer noticias de unos ladrones que de los propios ladrones. Su desenfreno moral es mucho mayor que la de unos pobres desgraciados que roban para darle al prójimo.
 
Pero la sociedad que los ha creado, también los convertirá en estrellas virtuales, se aprovechará de ellos convirtiéndolos en influencer (personas que por su alta presencia y dominio en las redes sociales pueden llegar a convertirse en un posible candidato para un producto o marca comercial). ¿O acaso no todo es tan trastornado e impulsivo como parece, y existe un auténtico plan macabro detrás de todo esto?
 
Bony & Kin es una obra diferente porque incorpora, de forma visual y con diálogos necesarios que se desprenden con naturalidad de sus personajes, una visión muy crítica de los estratos más golpeados y abandonados por las políticas estadounidenses en cualquier país del Caribe, y en especial Puerto Rico. 
 
Aunque la pieza ha sido escenificada en Santo Domingo. Los problemas sociales siguen siendo los mismos, la depresión económica, la falta de oportunidades y de empleos y los infames abusos de los medios de comunicación. Pero también sobre la ignorancia y la discriminación. Un retrato real, pero nada halagador de la sociedad actual. 
 
Contiene también una sarta de ponzoñosos dardos lanzados contra la industria de la televisión y las franquicias norteamericana de comida rápida. Santana dirige su delirante atisbo no hacía la pareja de ladrones, sino contra la sociedad de consumo en la que actualmente vivimos. 
 
Una sociedad que ha perdido la perspectiva, una sociedad en la que nadie es inocente y todos son manipulados por el dios telebasura y por el otro dios de este mundo, el dinero. Por su parte, Bony & Kin son vástagos de una sociedad fascinada por los medios de comunicación y por la comida chatarra. Ellos han sido rechazados/marginados/aceptados por el mal llamado sueño dominicano contra el que se revelarán con la única arma que conocen: robar por amor a lo demás.
 
Todo unido, a una magnífica musicalización y vídeos que configura un carácter audiovisual. Su desnaturalizada perspectiva de la realidad nos devuelve un retrato ácido sobre la prensa amarillista televisada, verdadero narcótico de la sociedad actual del espectáculo. En la cuidadísima partitura de movimiento el director nos ataca con divertidas escenas, fusionando diferentes técnicas del multimedia apoyadas por el colorido vestuario de cultura pop y con influencia directa de los comics. 
 
El resultado final, es todo lo contrario a una pieza fortuita: el ojo crítico/social del escritor boricua Carlos Canales para precisar y revelar los males de la sociedad contemporánea fue capaz de anticiparse, a través de la sátira, a la lamentable situación mediática actual. 
Bony & Kin fue una propuesta reveladora en fondo y forma, contundente en su eficacia artística y plena de aspectos de mensajes que captaron la atención del espectador, y en especial la mía. Otro ingrediente que funciona cabalmente es la recién descubierta madurez de la talentosa actriz Anny Rosario y la de Héctor Matías, ambos están honestos y tienen auténtica química como dupla protagónica.
 
< La Tiendita del Horror
Amaury Sánchez Producciones
 
Osada y sensible producción musical expuesta por el productor Amaury Sánchez y con la aplomada perspicacia de lo creativo ofrecido por el visionario director Waddys Jáquez, esta producción inquietó a quienes lograron verla, en el Palacio de Bellas Artes. 
 
Un trabajo fastuoso, compacto en su enmarcado estético, con rigidez en cuanto a la instrumentación de atmósferas y con impecable manejo técnico en el uso de los aportes de lo musical para amoldar lo expresivo coreográfico espacial y de articulación del elenco en su búsqueda de proyectar con destreza y mucha fuerza compositiva, un todo que quiérase o no, supo llegar al alma y conciencia de los espectadores.
 
La sencillez de la conjugación del discurso poético con el trabajo espacial apelando a una técnica justa con cuerdas y aplicación de coloraturas lumínicas y acentos musicales hicieron un clic efectivo para armar un todo contundente, lleno de ritmo, pleno de verdad, sopesado en lo dilatación dramática del gesto y la proyección corpo-expresiva del elenco desde la escena hacia la platea. 
 
Judith Rodríguez y Javier Grullón quienes lucieron excepcionales por saber apelar y emplear cabalmente su dilatada sabiduría histriónica en función del reto compositivo para este desafío espectacular; acompañados por la eficacia del manejo en sus respectivos papeles asumidos con entrega y fuerza por parte de Frank Ceara, Antonio Melenciano, María del Mar y Kenny Grullón.
 
< Rosa 
Compañía Nacional de Teatro (CNT)
 
Las más recientes producciones Yago, yo no soy el que soy; y Rosa de la Compañía Nacional de Teatro (CNT), en colaboración con su actual director Fausto Rojas están marcadas por el signo del enfrentamiento de la persona con los valores que le rodean y por las inevitables decisiones éticas, que acreditan su responsabilidad. 
 
Rosa es una normal muchacha, prototipo familiar de la Dominicana campesina. Su vida es cuidar las posesiones y el ganado de su padre, el viejo Amezquita. Su destino está ya «hecho», al acercase a la confín de la soltería. Sus tiempos libres es alimentar apasionadamente a dos perros Rabonegro y Mariposa en una constante defensa de sus «tierras» y en lucha con una juventud que se repliega. 
 
Allí regresa Juan, que le interesa y le fascina, por ser el modelo de hijo varón que su padre nunca tuvo y que podría ser el futuro esposo de ella. El trato perenne hace saltar un chispazo de enamoramiento, pero al iniciarse la aventura, surge el contraste con la elección primera. Rosa continúa insobornablemente fiel, al ritmo de una nueva madurez. 
 
En el montaje de Rosa, adaptación del cuento homónimo de Juan Bosch, tal desafío se encarna en un hombre perpetuo buscador, a pesar de incesantes fracasos, por fidelidad a una intuición original, que le abre el camino de autenticidad moral. Nuevamente en la puesta de escena, Rosa, el joven director elige un tema, esta vez de manera más sencilla y centrándolo en una mujer. 
 
Esta historia, mil veces repetida en las tablas, se prestaba a una repetición intrascendente o a una auténtica recreación. Rojas, con la acertadísima colaboración del elenco de la Compañía Nacional de Teatro (CNT), que parece representar en la puesta jirones de la propia historia de Rosa, sale airoso nuevamente. Evidentemente no se trata de una obra maestra, pero sí de una propuesta, seria, digna y acertada. 
 
Esto requiere valentía, y, al mismo tiempo, explica las incesantes dificultades del director con una administración, que no sólo ve con reservas el planteamiento de problemas individuales e íntimos en la «nueva sociedad» dominicana, sino que desaprueba las soluciones «idealistas» ofrecidas por uno de sus creadores más interesantes que actualmente tiene el país. 
 
Hasta ahora nuestro Fausto Rojas ha salido airoso de las confrontaciones gracias a su calidad, su rigor y su honradez teatral, Rosa, se inscribe dentro de esa línea sostenida por Bosch de fidelidad a sí mismo, proyectada en la conducta de los personajes de su ficción. 
 
III
 
Segundo Acto
Otras latitudes, otras miradas, otras teatralidades…
 
Chile 
Otelo 
Colectivo Viajeinmóvil
 
Se habla que el teatro chileno vive un excelente momento. Que cuenta con nuevas propuestas, nuevos rostros, nuevos artistas de la escena y de un resurgir de autores dramáticos que darán que hablar en cuanto a la transformación necesaria de su teatro nacional. Sin embargo, si uno atisba la temática expuesta a través de las obras/directores en festivales pasados, la duda, asalta ya que fue poco o puntual la excepción de lo que se nos hace anunciar en otras regiones. 
 
Otelo del Colectivo Viajeinmóvil (dirigida y adaptada) por Jaime Lorca, Teresita Lacobelli y Christian Ortega, fue una de esas excepciones que estuvieron dentro de la sintonía del público. Producto de una ingeniería visual, que no se refugió en el reducto del drama, amoldarse en los linderos de la comedia fortuita o, sólo ser ese montaje complaciente. 
 
Otelo -escrita por W. Shakespeare- sigue el canon amoroso entre Otelo y Desdémona, pero puesta en jaque cuando Yago decide vengarse. Bajo la envoltura de tragedia en clave de comedia negra y salpicada con guiños de ironía que a veces parece rondar lo telenovelesco, emana una acidez sustentada con acento de realismo latinoamericano. 
 
A ello, se sumó el apego del teatro de objetos, uso de marionetas y maniquíes con el fin expreso de relatar una historia visualmente hipnótica desde el punto de Yago. Una escenificación que articuló de forma homogénea al grupo, involucrándolos tanto en la producción y siendo arcilla moldeada por una férrea dirección. 
 
Estuvimos frente a una obra sin desperdicios y completa. Se agradece los riesgos asumidos y no solamente en la adaptación de la historia o en la propuesta con objetos -marionetas -maniquíes y un dispositivo escénico portátil- sino en lo particular dado por sus dos actores.
 
Son muchos aspectos positivos desde mi punto de vista, como la armazón psicológica de los personajes, una soberbia actuación, así como la sincronización de movimiento por parte de Jaime Lorca como Yago-Otelo; también, por parte de la talentosa y ajustada joven actriz, Nicole Espinoza como Desdémona-Emilia.
 
Me encontré, en definitiva, ante una propuesta que destacó con luz propia. Que supo decir autónomamente que se puede hacer teatro con poco dinero, siempre que se tengan ideas y ganas de contar algo excepcional sin caer en lo acomodaticio o en los sinuosos fangos de la experimentalidad. 
 
Sorprende gratamente que, Lorca hubiese elegido una puesta como Otelo, situado en las antípodas de ciertas propuestas constatadas de la producción teatral chilena. Otelo, generó expectación, magnetismo, y al final, como un bonus track, un aplauso sincero. 
 
(+)
España 
Distancia siete minutos
Titzina Teatro 
 
Incrusta en la fecunda experimentación efectista ficcional, esta pieza ha tenido un insólito éxito por los interesantes valores que ofrece. Distancia siete minutos transcurre en dos realidades paralelas y cronológicamente en dos situaciones diferentes: el aterrizaje del robot espacial Curiosity, y la otra, donde está Félix, un joven juez que regresa a su hogar paterno donde tiene convive con su desdibujado padre al tiempo de lidiar con unas termitas que destruyen su apartamento. 
 
Al estar constituida sobre una serie de temas sustanciales que se alternan, la concreción de puesta combinó un par de realidades inesperadas. Ello, da pie a que emerjan situaciones cotidianas, reales, crueles, humanas, y a veces, irónicas. Funcionó bien como un todo que emanó al espectador, calladamente preguntas.
 
Aunque la escritura escénica no hubiese sido totalmente teatral, supo combinar lo cinematográfico -válido, por cierto- con un montaje del cual despuntó en base de sus valores interpretativos, estéticos como sonoros del cual el espectador aguzado supo leer tras la filigrana escénica global, una visión irónica de la sociedad de hoy, y, sobre todo, de los disímiles comportamientos sociales. 
 
Si bien esta tríada de escritores-actores-directores dieron la impresión de que parecen artesanos que sabían emplear todos los trucos y recursos de su oficio como con objeto de serializar su trabajo para Distancia siete minutos, nos dio la impresión de que, deseaban apuntalar más que trazar una escritura escénica cercana al respeto de una historia padre-hijo, sino que mezclaron imágenes reales con ensoñaciones y sospechas. 
 
(+)
Colombia 
Clownti
Jabrú Teatro de Títeres
 
Durante la programación del 7mo Festival Internacional de Teatro Infantil y Juvenil (FITIJ), pudimos ver una obra que está en la génesis del Teatro de Títeres JABRÚ de Medellín-Colombia, con años en repertorio, repuesta en diferentes festivales, y ahora en gira nuevamente por varios países con más de doscientas funciones. Se trata de Clownti, cuya propuesta original, se debe a sus creadores Jorge Libreros y Natalia Duque.
 
Por supuesto, Clownti habla de la soledad, de sueños, del amor, de la familia, de los recuerdos, de la amistad, de ruptura de la rutina; es decir que contiene todo aquello que revolucionó profundamente el teatro de marionetas y que, a lo largo de las décadas, se volvieron tópicos cada vez más inválidos y anacrónicos del teatro de títeres de todas las latitudes.
 
Ciertas necesidades humanas como la libertad, la comunicación, el amor o la amistad son universales, pero cada época encuentra el lenguaje pertinente a su momento para renovar su reclamo. Cuando mantenemos la ilusión, lo que producimos en la eclosión de las contradicciones entre el discurso sostenido y las fuerzas contemporáneas que se filtran en él mientras el espectáculo empieza a decir cosas, que no necesariamente estaban programadas de origen.
 
También encontramos el ingrediente poético, mágico, lúdico, animación, articulación y técnicas del títere de mesa, la inexistencia de escenografía, la implementación de estructuras de movimientos con objetos animados, los titiriteros y muñecos, natural y esencial ingrediente, la manipulación/articulación de todos los elementos y su contacto incluso físico-visual con el público infantil.
 
En lo referente a la titiritúrgia (dramaturgia para títeres), creada por Títeres Jabrú, encontramos una la concreción de todos los elementos formales de la puesta en escena, ya que se hilaron abiertamente con sobriedad en todos los elementos que conformaron este trabajo. 
 
El asunto de la pérdida del padre conjugada con la esperanza, la conjunción de solidaridad ante lo ominoso existencial se tradujo en un mensaje lleno de optimismo. La traducción de ello, fue ver como se abre una distinta puerta para enfocar otro entender sobre lo que debe ser o no, el placer evasivo que, por lo general signa a esta clase de montajes.
 
Hay una indudable capacidad de conexión con los espectadores más jóvenes, que terminan aclamando el espectáculo de pie, luego de abarrotar las salas donde el montaje se presenta. 
 
Un fenómeno interesante que nos habla desde dos polos: por un lado, la necesidad de la gente de poder sentir comunitariamente una participación creativa, aparente o real, y por el otro de cierta impotencia teatral en la renovación de lenguajes efectivos a este respecto. No en el grupo Jabrú que hace la puesta, dedicado a la imaginación, sino más bien el de su contexto artístico-social.
 
Pero sobre todo, la entrega profesional de la pareja (Jorge Libreros y Natalia Duque) que saben articular con eficacia, las orientaciones de la dirección del propio Libreros que, con poco, logran mucho, es decir, hay ritmo en las escenas, equilibrio escénico a lo que debían dar o articular en la animación de muñecos y objetos, apego artístico para decir lo que debía decir y una justeza estética en cada una de las partes.
 
Todos sumados en un acto de compenetrada responsabilidad de los titiriteros y con esa soltura que dio a cada escena y cada momento de la representación ese toque de frescura que los niños, niñas, jóvenes, adolescentes y todo público saben agradecer. Y desde mi punto de vista, yo también lo reconozco. 
 
(+)
Uruguay
No hay flores en Estambul
Iván Solarich Producciones
 
La siguiente reseña aborda o trata por lo menos de dejar alguna memoria del loable unipersonal uruguayo No hay flores en Estambul del Iván Solarich, en su breve temporada realizada en la sala de teatro Cristóbal de Llerena, de Casa de Teatro, basado en la película Expreso de Medianoche (1978), de Alan Parker y realizada con el fabulado guion de Oliver Stone, según el libro de Billy Hayes. 
 
No hay flores en Estambul se nos presenta como una especie de experimento teatral de docuficción o docuteatro. El espectáculo aborda los hechos acaecidos en el Estambul en el 1970, y lo utiliza como recurso escénico para enriquecer su discurso descriptivo. Sin despojarse de la esencia original, ni perder de vista en el tiempo su perspectiva narrativa vanguardista, el actor interpreta sus papeles y, se entrega a ese diálogo reflexivo que estila compartir con su público.
 
Solarich como dramaturgo hiló diestramente el manejo de inusuales estructuras dramáticas en cuya trama toda forma de logicidad quedó rota por la “alógica” del trazado de un infrecuente mapa en el cual se percibiese “la liberación del orden psicológico”, la “eliminación de la peripecia” [clásica aristotélica] y el replantear una escena realista o casi ficcionada. 
 
Con No hay flores en Estambul, Solarich ofreció a un heterogéneo espectador que empieza a capitalizar la escena teatral dominicana contemporánea, de un bagaje pertinente, necesario y especial debido a que no solo se le ofrece montajes digestivos o marcados de un imperioso showcerismo comercial y pacato de los que últimamente se han ido llenando las salas de teatro, sino que también que se les incita con otras perspectivas de sensibilidad y encuentro con obras claves de la dramaturgia moderna. 
 
Este dúo (padre e hijo), se plegó a construir con densidad milimétrica, el reto de sus acciones, con la fascinación de la palabra, el clima de las transiciones y tensiones subjetivas de cada tono, de articular expresiones gestuales casi alienadas y hacer que la palabra en fin de cuentas, fuese el ritmo descompuesto de una relación humana sometida al drama de “pasar el día” a como dé lugar, pero siempre sinónimo de incomunicación. 
 
La dirección fue concreta ya que asumió sin disonancias, un equilibrado concepto del espacio, un fluido manejo del volumen escénico, una relación con el actor sintética para sacar con un brillo especial del discurso -totalmente monologal- haciendo que sus fortalezas técnicas y de experiencia escénica tuviesen magníficos momentos en la sucesión de esta propuesta; también supo ser asertivo con lo que significaba ensamblar el texto y el acento de un todo visual que ayudó a polarizar el correcto desempeño histriónico dado por Iván Solarich. 
 
No hay flores en Estambul contó con el aplauso de una Casa de Teatro llena de espectadores que siento aprehendieron que “el sueño se deshace frente a la realidad”. Bajo la dirección de un joven talentoso director como Mariano Solarich al frente de la escenificación de No hay flores en Estambul.
 
Mi punto de vista vio con satisfacción como fue capaz de asumir con tino y rigor teatral, al enigmático y complejo libro de Hayes. Como en muchas ocasiones, el tema no es la obra, ni los hechos, sino el personaje y sus fantasmas. Y en ese sentido, No hay flores en Estambul no defrauda.
 
 
(+)
El Salvador
Moby Dick Teatro
Bandada de Pájaros & Vecinas
 
El mérito del director español Santiago Nogales, es haber sabido desplegar una notable realidad en el inclemente texto Bandada de Pájaros de Jorgelina Cerritos y la dirección de su obra.
 
Su argumento es, en verdad, uno solo, pero examinado desde tres perspectivas desiguales y femeninas. Todas ellas se enlazan, junto con sus personajes, en un círculo infernal de odio e intimidación entre las matronas y los otros personajes que parecen vivir entrenándose para la muerte.  
 
El hilo conductor de la historia, aparentemente fragmentada y dispersa, es la memoria. Aunque su presencia tenga modos diversos en cada una de ellas, una evidente consistencia la transforma en los personajes ausentes y dramáticos. 
 
En torno a ellas se centra la acción de todos los demás personajes, que también están presentes de modo imaginario, en cada una de las tres mujeres, abriendo y cerrando el relato circular.  
 
Entre los mayores aciertos de esta obra estarían las dobles lecturas de cada mujer. Todas ellas tienen una vertiente real, reflejo de la historia contemporánea de El Salvador. Con todo, admiten también una lectura simbólica que les lleva a ganar proyección universal, a través de los códigos y símbolos teatrales. 
 
Esta sería la percepción condensada en Bandada de Pájaros, que está, probablemente, muy por encima de sus relatos anecdóticos. Por esta razón y otras, Santiago Nogales tiene 16 años trabajando con este colectivo en ese país tan melancólico como es El Salvador. 
 
Finalmente, ellas son Ulises, viajeras infatigables, fecundas en recursos, hembras teatrales que caminan hacia sus propias tragedias. Son tres figuras simbólicas de la cultura sudamericana las que se ven, pues, reflejadas en esta puesta salvadoreña. Una cultura amenazada por odios y violencias a lo largo y ancho de su territorio, cuando los machismos (hombres-maridos-esposos) imponen su ley frente a cualquier tipo de protección.
 
Mientras tanto soñaré que soy un volátil que sigue esperando llegar a San Ignacio de la Frontera… ¡Espérame Jorgelina allá voy!
 
 
Vecinas
El director Santiago Nogales vuelve a poner el dedo en la llaga de la sociedad iberoamericana y de su injusta violencia. Tal vez se ha quedado corto en el análisis de los ambientes ciudadanos de los personajes femeninos, para centrarse casi exclusivamente en los sociales. 
La puesta de Vecinas posee, en todo caso, una enorme capacidad para entretener, reflexionar, sorprender, ilusionar y alarmar. Nogales y su colectivo teatral Moby Dick Teatro han querido hacer una obra sobre la violencia y sobre el efecto que la violencia puede tener en la vida de las personas, en especial en las mujeres, en las vecinas. Y han conseguido un canto a la vida, reflexivo y emocionante.
El trio de actrices formado por Dinora Cañenguez, Mercy Flores y Rosario Ríos se mueven con sorprendente desenfado y cumple con su función de encarnar mujeres corrientes en una falta de naturalidad dentro de una sociedad de hombres. 
Sin embargo, tal cual está, la obra tiene una fuerza muy considerable y es una muestra del resplandeciente momento por el que pasa el teatro salvadoreño. ¡Espero que no se vaya el buen teatro, pero si la violencia!
 
IV
 
Gran Acto Final 
Bajamos el telón...
 
Estas son las propuestas que me hicieron reflexionar como espectador y como crítico, ante la seriedad de sus indagaciones temáticas, porque demuestra que, más allá de cualquier signo de interrogación artistas y grupos que emergen, ya sean de aquí o de otras latitudes pueden estar haciendo un teatro con calidad, honestidad y con sentido de relacionarse con los grandes temas que corresponden al tiempo actual.
 
Espero que este sea una posible aproximación para futuras fronteras, y que nunca mueran los festivales, los encuentros ni mucho menos el teatro, y que el Caribe y su escena teatral contemporánea esté cada vez más cerca de Dominicana.