El rescate de José Osorio Lizarazo


Listin Diario                                                                              09 de Noviembre 2018

MARCIO VELOZ MAGGIOLO
Llegó al diario El Caribe en los días posteriores al asesinato de Jorge Eliecer Gaitán, del cual fue, en principio, un furioso seguidor. Con alguna cojera, caminaba a paso lento y no dejaba de usar chaleco y una leontina que suspendía el reloj de oro escondido en el pequeño bolsillo de este. En su oficina del periódico, atrás el escritorio la foto de Rafael Leónidas Trujillo de civil, la misma para todos los directores.  Saludaba a todos con respeto y elegancia. Se decía que decía: no me traigan chismes, tráiganme ideas.  El aire acondicionado, descendido al máximo, quizás era un remedo, ahora ecológico, de su querida Bogotá, a la cual dedicaría varias de sus novelas, y en la que, desde 1930, en   su primera ficción  con el título de “La casa de la vecindad”, esgrimió un texto  de corte social, como entonces  lo fuera “El Socio”, del chileno Jenaro Prieto, o los cuentos entonces en boga del salvadoreño Salarrue,  o bien los  de “Dos Pesos de agua”, de Juan Bosch,  precursores de la narrativa corta de orden social en el Caribe.
Este personaje, de pocas palabras, y enigma floreciente, era, cuando llegó para dirigir El Caribe en los años cincuenta, uno de los narradores más fecundos de la literatura colombiana. Aunque silencioso, con una señal ordenaba hacer descender la temperatura del aire acondicionado haciéndolo producir un frío bogotano, que quizás, le recordaba sus días brillantes junto al Gaitán cuyo asesinato provocara  el llamado “bogotazo”. Ya en aquellos momentos nuestro personaje había roto sus relaciones con el carismático líder, antes su gran amigo. Esta ruptura pareció marcar el  nuevo  rumbo de José Antonio Lizarazo, pero también pudo significar la desaparición de sus ideas antes liberales, y ahora, quizás afines con las de  ciertas dictaduras como la de Juan Domingo Perón y la de Rafael Trujillo,  salvando,  claro,  los principios de ambas, principios en numerosos puntos diferentes. Osorio vivió en la Argentina de Perón, bajo la protección el dictador. Y disfrutando de la amistad de este fue también consejero y colaborador por su impresionante cultura. En Argentina publicó la segunda edición de su novela titulada “El hombre bajo la tierra”.
Su presencia en Santo Domingo, donde fue un ave de paso, marcó con elegancia bogotana sus momentos dominicanos. Su notorio “don de gentes”, su vestimenta ajustada, y sus saludos siempre irguiéndose de su asiento a pesar de su cojera, revelaban una educación casi cortesana que contrastaba con el desparpajo de algunos miembros de la redacción del periódico, donde había ya varios inconformes con el régimen. Su bastón con empuñadura de oro, y mango con la imagen de Bolívar, centelleaba y pudo ser, a lo mejor, el peligroso atractivo de los pocos “amigos de lo ajeno” como les llamaba cierto jefe de policía a los ladrones de baja ralea. Despojar a Osorio de cualquier prenda, era algo así como descompletar su misticismo andino. Osorio dejó una extraña historia. Una historia de dudas. Cuando murió en Bogotá en 1963, pudo estar enterado, tal vez, de la muerte de Trujillo casi dos años antes que la suya.  Nadie se atrevió a preguntar públicamente a qué se debía la presencia de un personaje tan importante en la República Dominicana. No sabemos cuáles fueron, en verdad, sus diferencias con Gaitán, y por qué razones escogió regímenes dictatoriales para su largo exilio. Quizás Trujillo y sus allegados sabían mejor que nadie el motivo profundo que culminó con la presencia de José Antonio Lizarazo en Ciudad Trujillo.
Cuando salió hacia Chile, ¿había recibido la oferta de Trujillo? , o  quizás por recomendaciones de Perón fue seleccionado para dirigir El Caribe.
De Osorio yo conocía un pequeño libro titulado “Biografía del Café”, que aún conservo, una bien documentada historia del grano que en Las Antillas despierta con su olor el sabor oculto  del dominicano y que en Colombia era el cultivo fundamental de la economía agrícola en aquellos años. Me dijo que era un libro para que algunos supieran que el café era oriundo de África, de donde era oriunda también la esclavitud; después supe que los africanos antiguos en luchas tribales habían negociado a los perdedores mucho antes que los europeos los imitaran.
Osorio, era de baja estatura, no hablemos de su moral o de  su trujillismo que  no parecía concordar con el  temperamento una vez crítico  del  autor de más de veinte obras, ni del productor, casi principal, de una novelística que es espejo claro de las  sociografías de una capital donde la miseria  era un componente nato del sufrimiento humano, encarnado en la desdicha que con tanto esmero describe el autor en su primera novela titulada “Casa de vecindad”, 1930, cuando Osorio, nacido en 1900, ya maduro en el campo de la vida periodística, se iniciaba con cierto éxito en la narrativa social.
Llegado a Ciudad Trujillo desde Chile, ya había entregado su alma viajera a las dictaduras. Como si una más no fuera óbice para caer de rodillas, había escrito después de  “La isla iluminada”, 1946,  y  otros textos de un mayor compromiso, como fueron “Así es Trujillo” 1958 y “El Bacilo de Marx”, (1959).
Pero en otro campo, Osorio, quizás olvidado por su biografía bamboleante y entreguista, escribió novelas triunfantes, y medulares luego de aquellas entregas a dictadores,  como lo fuera “El camino de la sombra”, premiada con el entonces importante Premio Esso y publicada en España. Luego de ese galardón, la crítica colombiana reconoce en Osorio a uno de los más destacados narradores del realismo colombiano por sus obras  “El criminal,” “La Cosecha, “Garabato”, “El camino de la sombra”, entre otras, las que se completan con su libro de cuentos titulado “El Despojo”, publicado en 1946.